Jefe de zona medioambiental
Coordinador de Grupo Operativo de Investigación de Incendios Forestales. Generalitat Valenciana

“Conocer para actuar”

Francisco Tejedor realizó el primer curso de formación de investigación de causas de incendios forestales en Valsaín. Inmediatamente este técnico demostró una competencia y una motivación sobresalientes. Ha sido una de las personas que más ha luchado en España porque la investigación de causas se convierta en la base para una verdadera prevención y organización de la extinción de los incendios forestales. Si no conocemos la causa de la enfermedad va a ser muy difícil su curación.
Este impulso que ha tenido durante toda su carrera, tanto en el plano activo, investigando en el campo, como en el plano formativo, siendo profesor de multitud de cursos para formar a compañeros y otros investigadores, le convierten en un referente.
Ha sido un adelantado a su tiempo, una persona sin la cual no se entendería el grado de especialización al que ha llegado actualmente la defensa contra incendios forestales en España.

Francisco, Tejedor, Miguel, Porrero

Francisco Tejedor, Jefe de zona medioambiental
Coordinador de Grupo Operativo de Investigación de Incendios Forestales, junto a Miguel Ángel Porrero en un momento de la entrevista

¿Recuerda cómo fue su aterrizaje en la lucha contra los incendios?

Mi vocación al acceder a esta profesión era la defensa de la fauna pero en verano teníamos que hacer de bomberos. Yo lo asumí como una función más de la profesión, aunque no me gustaba.

En 1989, en el primer incendio en el que tuve que dar el parte, pasé la novedad como incendio intencionado. Esto supuso que el técnico de guardia me llamara al orden. Aunque hubiera indicios de intencionalidad (dos focos), aquello era inadmisible pues no habíamos visto al causante, así era la doctrina en materia de causas. Yo me revelé contra lo que me parecía injusto y equívoco. Esto me trajo muchos palos de inicio, pero gracias a ello he llegado hasta aquí.

Esa circunstancia debió de marcarle a usted porque señaló cuál sería su trayectoria profesional a partir de entonces.

Cada vez que iba a un incendio y detectaba la posibilidad de que hubiera un causante, hacía un atestado y se lo enviaba al fiscal D. Antonio Vercher Noguera, por aquel entonces Fiscal de Medio Ambiente de Valencia, pues no en vano tenía la misma inquietud que yo respecto de la impunidad de causar un incendio. Al entonces Director General de Recursos Forestales, Guillermo Rivera Pérez le dije: “deme medios e investigaremos las causas y sabrá porqué se le quema el monte”.
En 1991 empezamos a investigar y ya ese año hubo imputaciones y en el 92 llegaron las primeras condenas

Elegimos la zona más conflictiva. Trabajamos juntos guardia civil y nosotros y empezamos a cosechar éxitos. Donde patrullábamos sobre la base de información obtenida de la investigación, los incendios casi desaparecieron y esto dio a algunos la idea de hacer las unidades de vigilancia preventiva, las “patrullas verdes” en detrimento de los Agentes Forestales.

La prevención hasta entonces se concebía como infraestructuras de defensa pasiva y puntos de vigilancia. La idea de prevención integral vendría después. Para muchos de nosotros era evidente que hasta un número determinado de incendios el sistema de extinción podía asumirlo. Pero, en condiciones extremas y con mucha simultaneidad, nadie podía. La estrategia diseñada por el SPIF fue intentar reducir el número de incendios para que los que salieran estuvieran al alcance del dispositivo. Comenzamos por los más fáciles: líneas eléctricas, agricultores, ferrocarril, fumadores, etc. El turno de la intencionalidad ya vendría después.

Y los avances fueron llegando poco a poco

La jurisprudencia española hasta esos momentos solamente declaraba culpable de incendio intencionado a aquel que había sido visto prendiendo o que confesara. Había una sensación de impunidad absoluta y respecto de las imprudencias había una especie de conformismo cómplice desde la propia administración «si se le ha escapado y ha sido sin querer…».

Con el tiempo, D. Antonio Vercher, encontró la vía penal para perseguir la imprudencia y que no fuera impune penalmente. ¿Por qué vía? Por el cajón de sastre de la imprudencia temeraria, que duró hasta la nueva regulación de 1995. Ya había jurisprudencia aprovechable pues el Tribunal Supremo empezó a admitir la prueba indiciaria hasta entonces rechazada para los incendios.

Hubo un punto de inflexión en 1994, un año climáticamente desastroso y que coincidió con que la Generalitat Valenciana trasladó las competencias de extinción de incendios a los bomberos. El sector forestal se vio desposeído de una de las competencias esenciales que tenía, la extinción, y tuvo que reinventarse. Se reinventó alumbrando el concepto de prevención integral, cuya base es el sistema de legislación por programas, entre los que se encuentra el de investigación de causas y motivaciones, conciliación de intereses, vigilancia preventiva, etc. Cuando sabes lo que ocurre en el territorio puedes aplicar las medidas adecuadas de vigilancia, corrección y conciliación, adecuación normativa, prioridad de inversión, etcétera.

En 1995 llegó el código penal y la cosa se puso seria. Se creó el Grupo Operativo de Investigación de Causas de Incendios Forestales y acuñamos un brocardo: «Nosotros no conocemos la causa políticamente correcta». La represión penal y administrativa era imprescindible, había que romper la impunidad como vía para hacer posible las demás actuaciones preventivas, pues de otra forma, como seguimos siendo animalitos, los usuarios del fuego irán siempre a lo más cómodo, más rápido y más barato que es siempre lo más peligroso para el monte y para quienes asumen el riesgo de la extinción. Como balance podemos decir que hemos contribuido con información y con la ruptura de la impunidad a que se reduzca el número de incendios y a que los medios de extinción tengan la tarea más fácil.

La reducción del número de siniestros y de superficie quemada, nos ha llevado a muchos incendios pequeños y, periódicamente, a unos pocos muy grandes y esa es la que se conoce como paradoja del éxito. En el mediterráneo, el reintegro de la biomasa al suelo, se da principalmente por el fuego y cuanta más biomasa se acumula, más gordos son los pocos incendios que se descontrolan. En consecuencia, o gestionamos el monte nosotros o nos lo gestiona el fuego, y hasta que esto no cale en la sociedad y en los políticos, el problema de los incendios será cada día más grave y lo pagaremos con un chorro de muertos como en Grecia o en Portugal. Ya hemos estado en el filo de la navaja este verano.

¿A quiénes le gustaría recordar?

Jugaron un papel fundamental Ricardo Vélez que encontró en nosotros la inquietud, Luis Velasco, jefe de Servicio de Prevención de Incendios que fue el aglutinador, Jorge Suárez, jefe de sección, Evaristo Jiménez, Ángel Mediavilla y un staff entre los que estábamos Alberto Solana con el plan de vigilancia preventivo y yo con la investigación.
Ya en mayo de 1994, promovido por el ICONA y realizado por EIMFOR, SL, en Valsaín se impartió el primer curso de investigación de causas de incendios forestales. Yo participé y nada más venir del curso empecé a tener faena. Empezaron a liberarme de cualquier otra obligación y sacamos algunos resultados interesantes. Hubo mucha gente que se quiso unir a la investigación, pero el 25 % de los que lo intentó se fue, porque vieron que esto no era ningún chollo.

¿Qué espina se le quedó clavada del trabajo de aquellos años?

Pese a lo positivo, en 1999, desde dos sindicatos, nuestros propios «compañeros» nos hicieron «un golpe de estado», al propugnar y conseguir en la negociación colectiva, la eliminación de puestos de trabajo específicos para investigación que con tanto esfuerzo se habían conseguido. Según su criterio todos tenemos que hacer de todo, no estar especializados. Lo que más me ha dolido en todo este tiempo es el fuego amigo de ese perfil.

¿Qué consejos podría darle a las nuevas generaciones de profesionales en defensa contra incendios forestales?

A las nuevas generaciones les diría que, desde el respeto a quienes les hayan precedido en la misión, hagan como hicimos unos cuantos en aquella época: que no se conformen con lo que hay, porque nada es inmutable; todo evoluciona y los cambios precisan respuestas nuevas y siempre hay que mirar más, pues más allá seguro que hay algo mejor que poder hacer. Que recuerden que aquel que piense que sabe todo sobre incendios es que ha llegado a su techo de capacidad. Aquí se aprende cada día, es el lema de nuestra unidad (Cotidie discendum).

El cambio climático está aquí y ha venido para quedarse, no sabemos en qué dirección ni con qué consecuencias. La tecnología va a cambiar y todo aquel que no esté preparado para adaptarse al cambio va a desaparecer. Hay que mirar hacia adelante, aprovechando la experiencia del pasado, pero sabiendo que ahí no reside todo el conocimiento. El conocimiento necesario para afrontar los nuevos retos está por venir. La sociedad siempre progresa porque hay una serie de vanguardias que se empeñan en romper el statu quo y debes optar entre ser un relicto o un éxito evolutivo.

¿Qué recuerdo se le quedó grabado?

En una localidad de La Safor una zona incendiada de forma recurrente, siempre detectaba los incendios la misma persona, un voluntario. El siempre avisaba a la policía local y conforme fuimos averiguando, todo conducía hacia él. En una ocasión prendió en un sitio donde había hierba y una zarza. Prendió con un papel y se fue a avisar. Como el combustible estaba verde y húmedo no prendió. Cuando llegamos, lo único que había era el residuo del papel carbonizado. Cogí un bote de laca y poco a poco fui consolidando los residuos y en la tinta metálica del sello se leía el nombre de un determinado ayuntamiento. Este confesó, fue condenado y cumplió la pena.

Miguel Ángel Porrero e Isabel Poza