Un árbol seco representa la vida en la COP25

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El Pino de la reina Juana ha sido instalado en el Paseo de la Castellana 13, Madrid.

Un pino silvestre seco, de más de 300 años, ha pasado de ser leña para el fuego a símbolo de las personas que mantienen los pueblos vivos, trabajan en el monte y, con su gestión forestal, ayudan a la fijación de CO2. Es el Pino de la Reina Juana que estos días ha plantado en Madrid, en pleno Paseo de la Castellana, la Cabaña Real de Carreteros.

“El pino iba para leña, incluso el motoserrista ya había comenzado a trocearlo porque era imposible cargarlo en el camión. Pero su porte y belleza lo impidieron y decidimos convertirlo en un símbolo de los bosques por su capacidad para fijar carbono y para mantenerlo almacenado durante siglos”, comenta Antonio Martín Chicote, presidente de la Cabaña Real de Carreteros.

Por eso han querido estar presentes en la cumbre del clima, en la COP25, que estos días reúne en Madrid a especialistas, investigadores, líderes sociales y políticos de todo el mundo para debatir sobre cambio climático y adoptar acuerdos que nos permitan a todos adaptarnos a unas condiciones de vida más exigentes y a tomar medidas que nos permitan mitigar esos cambios.

En esa doble necesidad de adaptación y mitigación del cambio climático los bosques cumplen un papel fundamental por la sencilla y gratuita labor de captación de dióxido carbono, uno de los gases principales responsable del cambio climático. “Y sin embargo nadie lo valora, ni por su puesto se paga y eso es algo que tiene que cambiar. Por eso estamos aquí también para reivindicar el papel de los bosques y de la madera, un material noble que almacena el carbono durante siglos y cuyo aprovechamiento permite fijar más carbono. Se debería reconocer este valor y pagar a quien gestione bien sus montes”, insiste Antonio.

Quizás sea este un “aprovechamiento” más de los bosques en los próximos años, su capacidad de fijación de CO2, habida cuenta de que el aprovechamiento de madera se reduce prácticamente a Galicia, cornisa cantábrica y puntos muy concretos del centro peninsular, como la comarca de Pinares de Burgos-Soria, de donde proceden Antonio y los compañeros de la asociación que han venido a instalar el Pino de la Reina Juana en Madrid. Ellos son Santiago Abad González, Ángel Mediavilla “Capitán” y Ambrosio Montero, todos de Quintanar de la Sierra.

“Los montes son fuente de salud y empleo”

Un cartel con este lema está clavado a una de las vigas del siglo XVI que han traído sobre un carro de transporte. Son vigas recuperadas de una vieja obra en Burgos y demuestran el valor de la madera como material de construcción natural, renovable y ecológico. Con el paso del tiempo, han perdido humedad, están mucho más secas que cuando se colocaron hace más de cuatrocientos años, pero han cumplido su misión constructiva. El conocimiento que tenemos ahora sobre la fijación de carbono, y su importancia en la lucha contra el cambio climático, va a dar a estas vigas otra misión: ser ejemplo educativo del valor social, económico y ambiental de la madera y de los bosques donde crece. “Hay que dar a la madera un uso noble, se lo merece. No pueden acabar en la estufa unas vigas como estas o un árbol tan espectacular como el que plantamos hoy en Madrid”, afirma Antonio.

Estas vigas son anteriores a la realización de la monumental plaza de Lerma (Burgos) entre 1600 y 1617. La documentación que existe de la obra refleja al detalle el precio de la madera, su procedencia y el precio del transporte que debía hacerse mediante carretas tiradas por bueyes. “El negocio estaba en el transporte de la madera. Se pagaba 1 real el pino de metro cúbico de madera en el monte y a 12 reales el transporte hasta Lerma”, asegura Antonio para continuar con una queja reivindicativa: “la madera no ha valido gran cosa nunca en su origen, alcanza valor luego en la ciudad, ya elaborada. Mientras que a nosotros nos pagan a 60 € el m3 eso mismo, elaborado y puesto en la ciudad, puede valer 600”.

La diferencia económica entre la materia prima y el producto elaborado es un hecho constante en cualquier sector que trabaje con materias primas, desde la madera a la ganadería o la agricultura.

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Un pino por un mundo social y ambiental más justo

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Los transportistas e instaladores del Pino de la Reina Juana

Los “carreteros” achacan la muerte del pino que traen a Madrid al cambio climático, que afectó a la fuente de la que bebía en las montañas de Urbión. Las circunstancias quisieron que acabase en las manos del escultor Humberto Abad quien, con motivo de la celebración del quinto centenario del sepelio de Felipe el Hermoso por su esposa Juana I, y la posterior encarcelación de esta en el torreón de Tordesillas acusada de estar loca, quiso representar a la vez el dolor, por estar encarcelada, y la esperanza, a través de “una ventana por donde penetra el aire y la luz del cielo protector”.
Unas manos que salen del tronco parecen abrir un hueco para respirar, para que pase la luz. La belleza natural del árbol hace el resto, no necesita que el escultor haga más.

Esta metáfora es la elegida ahora para que el Pino de la Reina Juana se haga presente en la COP25, “con la esperanza de que la Humanidad sea capaz de encontrar fórmulas para un futuro social y ambientalmente más prometedor”. Es la representación “de la paciente y sostenible labor de los pueblos silvicultores de España y el justo reconocimiento social a sus servicios”, reza el cartel que firman las asociaciones esMontañas, AMUFOR, C.R.C., Confederación de Selvicultores COSE y la plataforma Juntos por los Bosques.

Los madrileños que pasean a las 12 de la mañana por la Castellana se paran curiosos y preguntan. Santiago Abad y Antonio Martín responden raudos y aprovechan para hablar de su tierra de Pinares y contar la historia de la Real Cabaña de Carreteros, de cuando llegaron a ser más de 8.600 según el Catastro del Marqués de la Ensenada en 1753. Que pertenecían a 1.112 carreteros que patearon España desde Soria y Burgos para transportar madera, piedra y lana, principalmente. De que han sido “testigos de acontecimientos históricos”, como cuando estuvieron en el asedio de Granada, al servicio de los Reyes Católicos; y de cómo llevaron material de guerra a la Armada Invencible en Lisboa; y piedra para las obras de El Escorial y la Plaza Mayor de Madrid, de ahí el nombre de la calle Carretas junto a la plaza; o madera para la Armada española en Santander y cómo aprovechaban para llevar a Castilla los productos del mar o que llegaban de otros países.

Me observa de reojo Antonio Martín para decirme que “eran los periodistas de entonces, estaban informados de lo que pasaba en todo el país”, y seguro que también transmisores de experiencias e historias allí por donde fueran.

Mientras Antonio me da datos y argumentos, Santiago, “Capitán” y Ambrosio terminan de enganchar el pino a una estructura metálica y de piedra que han tenido que montar rápidamente para que el Ayuntamiento de Madrid les diera los permisos necesarios para instalarlo en sus calles. Durante una semana los madrileños y visitantes que pasen por el Paseo de la Castellana 13 podrán tocar la madera y acercarse a un mundo rural y forestal que van de la mano desde hace cientos de años. Quizás alguno de ellos, cuando acaricie el Pino de la Reina Juana, entienda y sienta la dedicatoria de la ofrenda de este pino a la COP25: “como homenaje a todos los pueblos selvicultores del mundo, confiados en que los poderes públicos y económicos reconozcan sus servicios, aminoren sus daños y la sociedad retorne al sosiego de sus orígenes forestales”.

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