El bosque del olvido

Las decepciones, frustraciones y tristezas en este oficio son muchas. Para qué engañarnos. Es una profesión que cuesta en algunas ocasiones llevarla a cabo, si tienes un poco de sensibilidad. Ha de ser uno muy profesional para hacer de tripas corazón o, mejor dicho, de corazón tripas y seguir adelante con ella.

He hablado en varias ocasiones de este aspecto de nuestro oficio, que incluso catalogaría de cruel. Lo expresé, creo que medio regular, en mi primer libro cuando relaté la vivencia que titulé como “Machón”.

Mas en esta ocasión no se trata de una familia de cérvidos muertos en una montería, la que me hizo meditar sobre la tristeza de mi oficio, sino de un bosque entero, al que yo ahora denomino “El Bosque del Olvido” con la pretensión de que, de alguna manera, me sea más leve el sufrimiento y pueda dormir más tranquilo, al quedarse en eso… en el olvido dentro de mis recuerdos.

Pero igualmente es cierto que, si en la realidad ahora mismo así está ocurriendo, en mis sueños todavía permanece vivo, como antes, y sigo beneficiándome entonces de su sombra, de sus paseos, de sus hermosos sonidos y de su hermosa existencia.

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Foto Agraria

Lo conocí por primera vez hace ya algo más de veinte años, cuando busqué entre alguno de los escasos alcornoques que existía en la “jungla” de encinas, labiérnagos, lentiscos, acebuches y jaras que componían su foresta, una pareja de cigüeñas negras que anidó años atrás en la finca colindante, y que aquel año en concreto no pudimos encontrar en su lugar de costumbre.

Estaba bañado por las aguas cristalinas de un arroyo en cuya ribera vegetaban, en forma de soto fluvial, fresnos, sauces y adelfas, y de él, más bien de su fauna, se beneficiaba la “nigra”.

Era el encinar de Bolludo, un monte de unas 200 hectáreas de superficie en las estribaciones de Sierra de San Pedro. A su falda, y sobre un alargado cerro que destacaba sobre los valles de alrededor, vegetaban quercus de todas las edades, poblados labiérnagos, grandes acebuches y espesos lentiscos. Algún frondoso alcornoque también se disimulaba entre su foresta. Y, como cortejo faunístico, carboneros, herrerillos, rabilargos, pinzones, turones, gatos monteses, comadrejas y, en el río, nutrias que llenaban de movimiento aquel verde y tupido boscaje.

Más de una vez nos peleamos el forestal y yo, el medioambiental (en aquella época en la cual los agentes forestales andaban por un lado – Agricultura- y los de medio ambiente por otro – Medio Ambiente- ), con podadores, corcheros, madereros y ganaderos, con el fin de proteger las frondas de los árboles: “las ramas que cortes, tienen que ser estrechas, no se te ocurra meterle mano a las gordas, que las heridas, si cierran, tardan más en hacerlo, y, si no, provocan la muerte lenta del árbol”, les decíamos; “remata bien los cuellos al alcornoque, y no hagas “santos” al árbol, que para el año que viene no dará corcho y le acortas la vida”, les aconsejábamos; “el apostado lo realizas somero, que sobren pies, ya habrá tiempo de que podamos seleccionar más e incluso entresaquemos alguno si es necesario, pues hay que quedar suficientes pies en el monte”, les ordenábamos; “las gradas las pasas donde no haya fuerte pendiente, que luego el agua de escorrentía se lleva la capa fértil y se desentierran las raíces de los árboles, y no pases cerca de la sombra de sus copas, que puedes herir con los discos sus fustes”, les exigíamos.

Y el Bosque de Bolludo seguía frondoso y lleno de vida, dándonos sombra, cobijo a la fauna y bienestar y salud a todos.

Recuerdo igualmente mis encuentros con los cazadores, que relataban, por aquel entonces, la abundancia de conejos y perdices de la zona, y de éstas últimas cuando aquéllos ya iban desapareciendo debido a sus enfermedades. Y cuando se celebraba una batida, los jabalíes capturados eran causa de regocijo de monteros por su buen porte y largos colmillos y amoladeras. No había muchos venados. Algunas ciervas sí, aunque las mayores concentraciones de cérvidos se encontraban más al norte, cruzando la Cañada Real que limitaba al Bosque de Bolludo con las amplias zonas de caza mayor, ya en Sierra de San Pedro.

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Foto Josep Monter

Cinco años después de aquel primer encuentro en su foresta, una tarde de marzo, me encontré con Manuel, el dueño de las tierras, uno de los más antiguos y tradicionales ganaderos del término.

Oak, me van a expropiar la finca los de la explotación minera. – dijo refiriéndose a la empresa de extracción de minerales que se encontraba en el pueblo.

Y me lo dijo evidenciando tristeza en su expresión y en sus palabras. Estaba cercano ya a los sesenta años, y sus arrugas y rostro cobrizo evidenciaban el continuo trabajo en el campo. Todos aquéllos los vivió en Bolludo, junto a sus padres cuando existían, y me contaba que sus abuelos también cuidaron aquellas bravas tierras y que en ellas, igual que sus ancestros, apacentó ovejas y se aprovechó de la montanera para sus cerdos, ganadería que había conservado para que su hijo mayor, de mi misma edad, pudiera seguir con la tradición.

– Me quedan sólo con el valle, donde no hay granito. Tendré que vender los guarros, pues la mayoría de las bellotas se quedan en Bolludo – continuó con su lamento.

Y es que la ley era, y es, así: si una explotación minera se interesa por unas tierras, ya podían llegar a un acuerdo el propietario de la misma y la empresa minera que, si no, al final el Estado se las expropiaba a su titular al justiprecio y se las vendía después a dicha empresa.

Yo sabía que, sobre la venta de la heredad, nada podía hacer, pero sí sobre el informe de impacto ambiental de la posible extracción, pues cerca estaba la “nigra” que impediría con su presencia, mediante un informe negativo mío, el que se pudiera alterar su hábitat. Y muy fuertes tendrían que ser las razones de la empresa minera para poder extraer el mineral a costa de la especie en peligro de extinción.

Es costumbre de estas explotaciones comprar tierras donde haya una buena veta de mineral, aunque no pretendan en breve plazo sacarlo, con la intención de que no haya otra empresa extractiva que se la quite.

Y así fue, afortunadamente en este caso, pues, cinco años después de su venta, nada se hizo en Bolludo. A pesar de ello la “nigra” quiso buscar otro asentamiento lejos de allí, y no volvió a criar en la finca colindante.

Los mineros parecían haberse olvidado de la sierra. Y aquello me hizo dejar de pensar en el tema y preocuparme por otras cosas. Seguí entonces disfrutando, sin ningún presagio de futuro amenazador, de su sombra, de su olor a jara, de los trinos y vuelos de los paseriformes, de alguna sorpresiva garduña corriendo al crepúsculo.

Diez años después de que la “nigra” dejara de criar en la finca de al lado, se anunció que el AVE iba a llegar a Extremadura, y que se necesitaba material para su firme. Y entonces los mineros se acordaron de la veta de granito que había bajo el Bosque de Bolludo.

No fue hasta el año siguiente cuando se solicitó su extracción… y el arranque de 2000 encinas y 100 alcornoques que “estorbaban” a los trabajos.

oak-alcornoque-osbo-BolludoYa no había cigüeña negra que pusiese ninguna pega al asunto. Sólo un forestal que intentaría poner trabas al dramático desenlace del Bosque de Bolludo, basando los continuos informes negativos emitidos en la importancia biológica de la zona, en la riqueza faunística y florística; en el aire, en los atardeceros hermosos sobre la cúspide del cerro, en el movimiento pausado del tejón buscando su madriguera, en la sorpresiva aparecida de una montpellier entre el pasto junto a la jara, en el blanco níveo, a veces moteado, del jaral en flor, en la tinta pringosa y olorosa de la cistus cuando rozaba mi piel y uniforme, en las majestuosas pernás de los alcornoques que ofrecían cobijo a innumerables gorriones chillones o carboneros y herrerillos, e incluso en alguna gineta o gato montés que criaba en uno de sus huecos ocasionados por algún cruel maderero al arrancarle en su día una gran rama en su cruz. En el aire, fundamentos de protección que se fundaban… en el aire. Pues todo aquello que yo alegaba para su conservación eran especies que, cuanto más, estaban consideradas en el Catálogo de Especies Protegidas de Extremadura como de Interés Especial, por debajo de las consideradas en peligro de extinción, sensibles a la alteración de su hábitat e incluso de las vulnerables. No era justificación suficiente para impedir que el Bosque de Bolludo se convirtiese en el… del Olvido. ¿Y un árbol sólo? Vale, pongamos cien ¿Y dos mil? ¿Y dos mil encinas y cien alcornoques? ¿Labiérnagos, lentiscos, acebuches,…? ¿Sombra, oxígeno, agua, vida? Todo era sólo un número para los de arriba, no más.

Persuadí con mis argumentos a un técnico del servicio, y visitó el paraje. Se convenció con una sola visita: “El Largo”, le moteábamos. Y él también luchó, y puso sus trabas y argumentos, y paró una y otra vez los embates agresivos de solicitudes de la explotación minera para la autorización de extracción y arranque de árboles.

Pero un día, un año después de aquella primera solicitud de frente de extracción, de aquel escrito de demanda de muerte, se anunció una visita a la zona de los “gerifaltes” de la empresa minera, y de los de mi propia “empresa”. Yo no fui invitado.

Poco después de aquella reunión llegó la autorización. Cierto que con matices: un plan de actuación de veinte años de arranque de cien pies por año, siguiendo la veta de granito, nunca los 2.000 pies a la vez. ¿Serían así menos? ¿Sería menor el daño causado?

Según argumentaron nuestros gerifaltes, puestos políticos en su mayoría, no había ninguna razón ambiental para impedir aquella barbarie. A mi juicio, gente sin sentido común y sin escrúpulos que, justificando aquello como una acción encaminada al bien público, no les temblaba la mano a la hora de firmar la muerte de seres vivos cuya única función era la de dar sombra a la tierra y oxígeno a sus pulmones.

Sobre la cúspide del cerro, tras recibir el escrito de sentencia de muerte de Bolludo, un día vi volar a la imperial. Sabía que procedía de un nido muy distante de allí, y que utilizaba la sierra como cazadero, uno de tantos que en su amplio territorio de caza tenía. “Si se quedase a anidar por aquí, qué gran favor le haría al encinar”, pensé. Pero no fue así, y continuó con sus vuelos de exploración sin hacer mero caso como sustrato de nidificación a los frondosos alcornoques y tupidas encinas que vegetaban en el monte sobre el granito.

¿De qué sirvieron tantos esfuerzos, año tras año, más de veinte que yo conociera en mi vida profesional, más de cien en la de otros agentes forestales que me precedieron, para proteger aquel bosque de la poda, del descorche, de la grada?

Llegó la orden

leña-encina-osboMe llegó la orden: tenía que señalar uno por uno los pies que se iban a arrancar.

No pude hacerlo hasta finales de año, y tras innumerables peticiones por parte del Servicio apremiado por la empresa minera.

No fue porque tuviera mucho trabajo, como me justificaba, o porque un día la finca me cayera a trasmano, y otro me hubiera entretenido en demasía con las aledañas y no me diera tiempo a visitar ésta.

No podía, sencillamente, me era imposible: ¿iba a ser yo otro de los firmantes del acuerdo de muerte? Más si cabe, ¿sería mi mano la que, sobre cada una de las encinas y alcornoques, estampase mi firma, aunque sólo se tratase de una simple cruz, con un espray naranja, para señalar a la máquina del minero que este árbol centenario tenía que morir? Era mi obligación. ¿No podría hacerlo otro? No está, ni nunca lo estuvo, eludir en otros mis obligaciones, escaquearme del trabajo, y menos si éste fuera penoso e incluso peligroso. No, no podía pedir que lo hiciese otro compañero, aunque me sentía tan tentado a hacerlo.

Una mañana fría de diciembre, temprano, volví a Bolludo. Recorrí con pausa su bosque. En una mano llevaba el spray con el que marcaría a la muerte el camino que tenía que seguir. La otra, desnuda, acariciaba el tronco verde y pardo de los árboles que iban a ser ultrajados de pintura naranja.

Y pensé en su historia. Por allí seguro que cruzaron algún día las tropas de Alfonso IX cuando reconquistaba el alfor de Badajoz al reino Aftasí; tras de él, su nieto, Alfonso X El Sabio habló de que una ardilla podía ir de un lado a otro de la Península Ibérica saltando de árbol en árbol sin pisar tierra, y las encinas de este bosque seguro que sintieron las pisadas de aquel roedor en su largo viaje, y tenían que sentirse, hasta ahora, unas privilegiadas pues, otros bosques de su alrededor, más allá o más acá, ya habían desaparecido. Los ancestros de Manuel habían vivido y habían criado allí a sus vástagos, y alimentaron a su ganado del pasto de las faldas de Bolludo, y de las bellotas de encina en otoño, y de alcornoque en invierno. Y alguna, o muchas, de las quercíneas que allí vegetaban, seguro que habían sido silenciosos testigos de todo aquello, de las lides contra los moros, y de las correrías bajo su fronda de Manuel.

Y ahora,… ahora el todo poderoso hombre, juzgándose dueño del pasado y del futuro, sintiéndose Dios, haría desaparecer tantos siglos de historia y daría muerte, sin ningún rubor ni arrepentimiento, a seres centenarios que habían preservado, con su sola presencia, toda aquella historia… Y yo era uno de los partícipes necesarios de su desaparición, de su olvido.

¡Dios!, ¡Cuánto daría ahora por cambiar mi oficio por otra profesión sin tanta responsabilidad!

Y seguía marcando las encinas, una tras otra. Tenía que hacerlo en 100 pies aquel año, y no cabía elegir a una en lugar de a otra, pues la veta de granito se encontraba bajo ellas. ¿Por qué un frío mineral inerte podía ser más importante que un cálido vegetal vivo? ¿Acaso lo uno prevalecía sobre lo otro? ¿Lo exánime sobre lo vital? Consideré entonces de nuevo, cuando ya llevaba señalados diez pies, aquella primera solución, el pedirle a un compañero que hiciera mi trabajo. Mas me repuse e insistí en que nunca fue mi condición rechazar mis obligaciones, ni menos eludirlas haciéndoselas “tragar” a otro, por muy sufribles y penosas que fueran. Y ésta lo era tanto…

No había que mirar con pasión mi profesión, otra vez volvía a recordármelo. Pero aquel sentimiento era tan inherente en mí que no podía obviarlo.

Y no me cuesta decirlo, aunque sienta algo de rubor ahora que escribo estas páginas, pero, tras el quinceavo árbol marcado, me di cuenta que, sin llorar, mis ojos se encontraban humedecidos, y lo estaban más cada vez que acariciaba con la siniestra la corteza de una encina o el corcho de un alcornoque, mientras que con la diestra asía el bote de spray y apretaba el botón dibujando una equis naranja sobre su fuste.

cruz-marcaje-corta-osboCon un nudo en la garganta, y ya casi con lágrimas en los ojos, conseguí señalar el número treinta de aquellas quercíneas, la mayoría mucho más viejas que yo. Cuarenta y seis años tenía entonces, ¿podía, siendo un benjamín a su lado, señalarles su muerte con tanta tranquilidad? ¿Cómo podía ser partícipe de la misma? No sólo era uno de los cómplices, sino el que marcaba la puerta de sus vidas para que la muerte pasase a través de aquélla y les arrebatase ésta, ignorando la de otros que en fortuna no les dio por crecer sobre el granito, y a los que “les perdonaba” su existencia al pasar la Parca de largo cuando no veía la cruz naranja sobre sus cortezas. Me di cuenta entonces que yo también estaba jugando a ser Dios. Y paré de marcar

Pero no era Dios, sólo un agente de medio ambiente, y tenía que cumplir con mi obligación, “debía-cumplir-con-mi-obligación”. Este era mi oficio. Ironías de la vida, quien es custodio de la naturaleza, protector de los bosques, está obligado también, en ocasiones, a ser una de las piezas necesarias dentro del engranaje antropocentrista de la Administración que contribuye a crear… Bosques del Olvido. Y continué entonces, fiel a mi profesión.

Volví al coche, penoso, cansado, aburrido, entristecido y amargado. Y me senté en él, sin atreverme a coger el otro bote que permanecía sin abrir en el maletero del Gálloper. No me sentía capaz de volver a subir al monte del Bosque de Bolludo. Pero sería alargar más la angustia si decidiese dejarlo para otro día. Había que hacer de corazón tripas, y continuar marcando el camino a la Señora Muerte, con la justificación, quizás intentándome lavar un poco con ello la conciencia, de que así evitaría que su oscura capa de exterminio pudiese abrazar a otros vivos que habían tenido más suerte al tener más tierra que piedra bajo sus raíces.

Acabé tarde, y no porque fueran tantos árboles, ni tan abrupto el terreno. Si de pies secos se hubieran tratado, seguro que en el mismo tiempo que dediqué en marcar cien verdes, hubiera señalado 1000 blancos… Lo que me retrasó era que los primeros estaban vivos, y quizás quisiera quedarme uno a uno con su recuerdo.

Ya está hecho – me dije con amargura cuando regresé a mi vehículo.

Pero no llamé ese día al encargado de la explotación minera indicándole que ya había realizado el señalamiento, a lo que me había comprometido con anterioridad de forma que, cuanto antes, y después de tanta demora, procediesen a pasar el buldózer. Esperé varios días, e incluso no fui yo quien le llamé, sino él quien me lo recordó. Quizás quise alargar con ello varios días más la existencia de aquella fronda tan pletórica de salud… o que la lluvia que aconteció tras del marcaje de los fustes, borrara mis huellas… y, sobre todo, la permanente y opresiva cruz naranja sobre sus fustes.

Algo más de veinte años hace que conocí el Bosque de Bolludo. Dentro de veinte años habrá desaparecido. Menos de veinte me restan para jubilarme. ¿Suficientes quizás para olvidarlo? Tendré que hacer entonces, cuando ello ocurra, como hice un día recordando a “la pareja”, y me quedaré a la sazón dormido, en esta ocasión bajo la copa de una encina que, por suerte se encuentre olvidada del hombre, y por lo tanto viva, y entonces podré recordar en sueños: su “jungla” de encinas y dispersos alcornoques, poblados labiérnagos, frondosos lentiscos, grandes acebuches y agrestes jaras; bañado por las aguas cristalinas de un arroyo en cuya ribera vegetan, en forma de soto fluvial, fresnos, sauces y adelfas. Y, como cortejo faunístico, carboneros, herrerillos, rabilargos, pinzones, turones, gatos monteses, garduñas, comadrejas y, en el río, nutrias, llenando de movimiento aquel verde y tupido boscaje… De esta forma, por lo menos en mis sueños, no será un Bosque del Olvido.

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Texto completo en
«Crónicas de un agente forestal en Extremadura. Oak II».
Ediciones Círculo Rojo 2011.