Mi primer incendio forestal

12 de agosto del 2013. Nada más sonar el despertador, tuve el presentimiento, no sé bien la razón, de que no iba a ser un buen día de trabajo. Tal vez pudiera justificarse en que era el primer día de curro tras disfrutar de unas cortas vacaciones.

La semana anterior había estado gozando de las fiestas de mi pueblo con la familia y los amigos. Hoy era lunes, día no agradable para cualquier trabajador pues comenzaba nuevamente su jornada laboral tras el aliviador fin de semana, y entraba de guardia de incendios durante cuatro días. Hasta el viernes por la mañana no volvería a guardar el EPI. Pudieran ser éstas algunas de las causas por las que parecía que me había levantado aquella mañana con el pie izquierdo.

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Foto de @AT_Brif

Eran ya las nueve cuando sonó el teléfono. Era mi prima Ana: “María, que Isa y yo vamos a verte esta tarde”. Mis primas se hallaban de vacaciones en el pueblo. La semana anterior habíamos estado juntas y les comenté que debían de conocer la zona en la que trabajaba. Esta semana, les dije, era propicia para ello, pues el verano estaba transcurriendo de una forma tranquila, los días de guardia habían ido sucediendo sin ninguna salida a incendios. Así que podría hacerles de guía en mi turno de disponibilidad, y enseñarles la comarca de Las Hurdes (Cáceres), preciosa y verde incluso en verano.

El plan con ellas empezaba ese mismo lunes a la hora de comer. Yo haría el servicio ordinario de mañana, y por la tarde, siempre pendiente del móvil y de la emisora, la pasaríamos en alguna piscina dentro de la zona.

Lo que venía ocurriendo los días anteriores, sucedió también aquella mañana de servicio: ningún aviso de la Central de Incendios ni nada que presagiase algo similar el resto de la jornada.

Así que comimos tranquilamente, y disfrutamos posteriormente de una larga sobremesa compartiendo confidencias. Tras de ello, nos fuimos a tomar café a un chiringuito. Luego teníamos pensado ir a darnos un chapuzón a la piscina natural de aguas cristalinas de Avellanar, una de las muchas que hay por la zona.

Estábamos disfrutando del café, acompañado de una sabrosa porción de tarta de queso, cuando escuché el vuelo de un helicóptero. Me sobresalté. Miré el móvil de trabajo pero no tenía ninguna llamada perdida. Salí fuera y subí el volumen de la emisora portátil que, como obelisco celta, tenía plantada hasta entonces en la mesa junto a mi taza de café. Fuera, sin el bullicio del interior del chiringuito, empecé a escuchar las conversaciones que a través de ella se transmitían. Había un incendio, en efecto; se había acabado el verano tranquilo.

Me puse nerviosa. Llevaba cerca de un año como Agente del Medio Natural de la Junta de Extremadura, y era lógico que me alteraran estas cosas. Ya llegaría el momento, pensé, cuando fuera una veterana, en el que aquello me parecería cotidiano, o al menos eso deseaba en los inicios de mi carrera profesional como custodia de la naturaleza.

Esperé unos minutos, intranquila, y sin poder disfrutar de la rica tarta, que con fruición seguramente estaban devorando dentro mis primas sin misericordia alguna. Viendo que no recibía ningún aviso, decidí ponerme en contacto con la coordinadora de incendios. Sus palabras fueron claras: “María, dirígete a Castillo, allí nos reuniremos con tu compañero”.

Regresé a la mesa donde estaban mis primas. Intentando mantener la calma les expliqué lo que ocurría: “vamos a casa, yo me iré luego al incendio. Cuando vea, una vez allí, cómo está la situación, os llamo. Lo mismo es una bobada y en un rato estoy de vuelta con vosotras”.

Pero, no debí aparentar la tranquilidad que me propuse fingir, porque una de mis primas se puso tan nerviosa que no fue capaz de sacar el coche del aparcamiento, que estaba situado en una zona de pendiente. “¡Déjame, Ana, yo lo saco!”, le apremié. El pie sobre el embrague me temblaba, pero finalmente pusimos rumbo a casa.

Mientras me vestía con el equipo de protección les propuse que siguieran con los planes iniciales: piscinita y, cuando supiera cómo evolucionaba el incendio, les informaba por si volvíamos a quedar luego o no. “No os preocupéis, seguro que no es nada”, les dije para evitar cierta ansiedad que vi reflejada en sus rostros. Cogí finalmente unas piezas de fruta y una botella de agua y me fui.

Al llegar al lugar de reunión acordado con la coordinadora, ya se encontraba mi compañero Alberto con el coche del trabajo, al que se le había caído el parachoques, y estaba tratando de colocarlo de nuevo. Sus palabras fueron rotundas, y nada alentadoras: “María, se ha liado”.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo: era mi primer incendio.

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Maquinaria pesada trabajando en el incendio de Almonaster La Real. Foto INFOCA

Cuando llegó la coordinadora nos explicó el plan de ataque y cómo, con los medios que disponíamos en ese momento, deberíamos de actuar. Cada uno fuimos a un sector del incendio y comenzamos a trabajar en las tareas de extinción con los medios humanos y materiales asignados a cada uno de nosotros.

Recordé entonces que tenía a mis primas seguramente inquietas esperando noticias mías. “Ana, Isa, el incendio es importante – les dije por el móvil -, no sé cuándo volveré a casa. Marchaos de vuelta al pueblo si lo deseáis cuando dejéis la piscina”. Creo que soné imperativa. No, contrariamente a lo que les anuncié días antes, no iban a ser aquellos los mejores días para poder enseñarles mi comarca.

La tarde fue avanzando y en el sector que yo tenía asignado, los bomberos forestales iban poco a poco apagando el fuego con gran profesionalidad.

Me encontraba cansada. Hacía mucho calor. El agua que llevaba se me había terminado. Sentía que las botas del EPI, recientemente estrenadas, me habían hecho rozaduras en los pies.

Un bombero se acercó a mí y me dio unas galletas: “toma, come algo que no sabemos cuándo vamos a poder cenar”. Se lo agradecí y me las comí al tiempo que me cambiaba las botas. Ya no podía ni andar, el dolor era insoportable.

Cuando llegaron los bocadillos, sobre las diez de la noche, nuestro sector ya estaba controlado. Los helicópteros habían sofocado las llamas y los bomberos con las herramientas habían hecho la línea de defensa para perimetrarlo. En mi flanco ya sólo quedaban labores de vigilancia durante la noche para que no se reavivase lo apagado (lo que mi compañero Oak llamaría “guardia de cenizas”).

El otro sector era el que estaba descontrolado. Desde donde yo me encontraba veía las luces de la máquina bulldozer intentando apagar el frente de fuego con la tierra que arrastraba. Entonces aquellas imágenes me impactaron mucho; todavía hoy las recuerdo perfectamente.

(Imágenes que muestran cómo es el trabajo de la maquinaria pesada en la extinción de un incendio de noche en ataque directo)

Cenamos y cada uno de los que allí estábamos nos distribuimos por el perímetro para controlar la zona. Yo me quedé en la pista.

Lo que se suponía que tenía que haber sido una tarde familiar, se había convertido en un duro día de trabajo. Y todavía quedaba la noche.

Los minutos pasaban lentamente y el sueño quería apoderarse de mí. Así que, para evitarlo, saqué mi agenda y empecé a escribir lo vivido durante la tarde. Estaba agotada. Eran las cuatro de la mañana. Veinte horas sin haber podido echar una cabezadita.

Recordaba los helicópteros pasando por encima de mi cabeza continuamente, nunca había visto tampoco descargar agua desde un hidroavión tan de cerca; las sirenas de los camiones; los tendidos de mangueras interminables; las llamas sobresaliendo por encima de las copas de los pinos; el ir y venir de los vehículos de extinción… Mi cabeza intentaba ordenar lo vivido para poder escribirlo con la máxima exactitud.

Y allí estaba yo: una noche de agosto, bajo un cielo tremendamente estrellado, viendo las lágrimas de San Lorenzo, con la linterna frontal encendida sobre el casco para poder ver lo que escribía, y con una mezcla de sentimientos en mi interior difíciles de asimilar.

Sentía rabia, mucha rabia, pues el incendio había sido provocado. También incertidumbre, ya que el otro sector seguía sin estar controlado y podía afectar al frente en el que me encontrolaba. Y sobre todo la pena, por la pérdida de aquellos valores naturales, por el paisaje, por las vidas de la fauna y de la flora que antes habitaban la zona quemada…, me ahogaba.

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Las cenizas tiñen de negro el paisaje antes verde. Foto I. Muñoz

A la par sentía agradecimiento pues me había encontrada muy arropada por los compañeros en mi primer incendio: coordinadora, bomberos forestales, agentes…

Y lloré. Lágrimas de una agente. Era la forma más lógica de canalizar y liberar toda aquella tensión acumulada y todas aquellas sensaciones que, sobre el papel, quería describir.

Sobre las nueve de la mañana, después de desayunar junto con el operativo, llegó el compañero que me iba a relevar y pude regresar a casa a descansar.

Más de veinticuatro horas sin dormir, siete horas y media la mañana anterior de servicio ordinario, quince horas en el incendioEstaba terriblemente agotada, exhausta, vencida.

Después de una larga y agradable ducha que me aliviase externamente quitándome toda la negrura del cuerpo, e internamente haciendo más suave la amargura de mi interior por lo vivido, me tumbé finalmente en la cama.

Los helicópteros y el “hidro” seguían resonando en mi cabeza. Quise analizar en mi mente el trabajo que había desempeñado poco antes durante la larga jornada de extinción. Pero, ya lo mencioné antes, estaba extenuada, y caí pronto en un profundo sueño.

Ya habría tiempo de enumerar los errores cometidos, de forma que pudiera aprender de ellos en el futuro. Pues seguro que, tras ocho horas de descanso, me volverían a llamar para acudir al frente, y tenía que estar totalmente recuperada.

Mariquilla

@Maria_Madruga_